¡Hola!

Me llamo María y preparo dulces porque me pone de buen humor.

La mantequilla y el azúcar también me ponen de buen humor, así que en casa tengo un montón.

Soy repostera casera. Estoy bastante loca por los dulces y soy una fotógrafa aficionada, con una cámara muy normalita y un trípode que a veces utilizo y otras no.

A mí me gusta el dulce y no negocio con el sentimiento de culpa.

Mis mejores recuerdos llevan dulce incorporado.

Y, por amor al dulce, tengo un blog, que va de hacer dulces.

Para mí, las trufas de chocolate, con su papelito blanco rizado, los petisus, de cualquier sabor y las cajas bombones, son motivo suficiente para dar valor a la existencia.

Creo que es un vicio más que una afición, pero, le pongas el nombre que le pongas, basicamente, me encantan los dulces.

Me gusta mirarlos. Creo que es por la fantasía que representa el dulce.

La fiesta. La celebración. La belleza. O la promesa de darte el gusto.

Me encanta prepararlos, porque tener una tarta en la nevera, me hace sentir que mi nevera está de fiesta.

Y, me encanta comérmelos.

Soy, irremediablemente, pastelera. Caserita y novatilla. Tengo un historial de catástrofes pasteleras díficil de superar. Puedes encontrar crema de mantequilla en el techo de mi cocina. Atesoro chocolate y la mantequilla, para mí, es un tema de capital importancia. Considero que nunca tienes suficientes clases de harina o de azúcar y hacer bizcochos me parece terapéutico.

Tengo un armario entero dedicado a los sprinkles. Para mí todo es mejor si lleva lunares, grandes o pequeños. Y los libros de repostería son mis cuentos, los leo igual que leía libros de pequeña, mirando mucho las fotos y dejándome llevar a lugares que no existen.

Si empezara por el principio -puedes huir justo ahora del momento retrspectiva-, lo que nunca empecé por el principio fueron los libros de cocina de mi madre.
Es que ni uno.
Todos estaban desgastados por el final y tenían las hojas pegadas por restos de lamentables aproximaciones a lo que, en un mundo ideal, habría sido una tarta de queso.
Yo iba a lo importante: LOS POSTRES.

De la niña pastelera y redonda que fui, me quedan los bizcochos mágicos de limón de mi tía y su súper poder de montar claras a punto de nieve a mano en 5 minutos.

Los plum cakes de mi madre y los sábados por la tarde haciendo bizcochos llenos de fruta y frutos secos.

Una minipimer gripada, que no tenía varillas, sólo el accesorio de cuchillas, y que, como el ansia puede al miedo, yo chupaba sin conciencia del peligro.

Sin embargo, my sweet true love y yo tuvimos que separarnos, porque como no tengo hartura, que diría mi madre, tenía la costumbre de, después de hacer una tarta, comérmela entera. El endocrino empezaba a mirarme como diciendo: Eh…¿Me estás vacilando? y hubo que elegir.

Abandoné mi amor por la repostería y relegué mi pasión por los dulces a la fantasía. Y, aunque la pastelera de mi barrio echó de menos mi contribución a su sueño de tener una casa en la playa, así pude conocer otros amores de mi vida…¡Como las manzanas verdes! ¡Las proteínas magras! y ¡El cardio!

Durante años no volví a hacer tartas de queso.

Ni dulces.

Ni galletas.

Ni nada.

Desarrollé el súper poder de mirar dulces sin comerme ni una miga.

Cual merodeadora de bakeries, acosaba en la distancia a mi antiguo amor, pegando la nariz a los escaparates de las pastelerías soñando que me llenaba con mirarlos.

Y es que ¡Me encantan!

Aún me voy de pastelerías, y me pego a los cristales, hasta que los que están dentro, comiendo tranquilamente, me miran raro, pero allí me ves, mirando a gente disfrutar del desayuno.

Un día, hace ya algunos años, hice un brownie para mi chico. A él le encantan los dulces, y cuando empezamos a estar juntos, allá en nuestra juventud, ví que siempre tenía en casa dulces caseros que le hacía su madre.

Tantas veces le dije que un día le haría un brownie, que no me quedó más remedio que hacérselo.

Saqué mis varillas, viejas, olvidadas, roñosas las pobres, del fondo del galimatías cocinero que mi madre alimentaba en su cocina con tapones de corcho usados y abridores infinitos. Las rescaté del olvido de los condenados al destierro . Las limpié. Les hacía falta. Y volví al partido por un buen motivo: hacer un brownie para mi persona.

Compré un molde gorrinero, que aún conservo por eso de la nostalgia, y del Diógenes, e hice un brownie, lleno de corazónes, sprinkles y mucho chocolate.

¡Que felicidad madre mía!

Y, como un adicto lo es para siempre, con una sóla recaída la locura pastelera me llenó por todas partes, el gigante dormido se despertó y hasta hoy; que no sé si tengo una pasión pastelera o es ella la que me tiene a mí.

Me vuelve loca hacer dulces.

Mi niña redonda interior, deprivada durante años, ha dado lugar a un monstruo goloso que nunca se cansa de hornear. Tengo muchos kilos de azúcar. No creo que se puedan tener suficientes batidores de varillas y, por kilos también, compro libros de cocina que amenazan con tomar la casa.

Pero me encanta.

Mi chico, que es mi regalo personal de parte del universo, ha aprendido a vivir con mi monstruo pastelero.

Creo que es porque le da bizcocho.

Acepta que el 60% de nuestra cocina esté dedicadoo a ingredientes, moldes y cacharrería repostera.

Me escucha hablar súper motivada de cómo creo que añadir 50 gr. más de lo que sea, a lo que sea, producirá no sé qué efectos mágicos y lo cambiará todo ¡Y me sigue el rollo!

Y, aunque yo le devuelvo su paciencia en forma de dulces, creo que nos acepta a mi monstruo y a mí porque ¡Le encanta comer pasteles!

Mi monstruo y yo le aceptamos por lo mismo, así que hacemos un buen equipo.

Hoy, el hombre que para hacer una tortilla de patatas echaba las patatas crudas y los huevos a la vez en la sartén, sabe lo que es una espátula de codo y entiende que una mujer nunca tiene suficientes Kitchen aids.

Así que en mi casa, de momento somos tres. Mi chico, el mostruo y yo.

El monstruo se levanta los domingos a las 8 para hacer bizcochos. Compra libros de repostería a escondidas y los apila en los rincones y en el fondo de los armarios. Se pone muy nervioso cuando hay menos de un par de kilos de chocolate en casa y piensa que el horno es sólo suyo.

Yo soy feliz cada vez que puedo dedicarme a hacer pasteles y las horas pasteleando se convierten en días. Días que debería estar dedicando a cosas súper profundas y/o productivas; pero, no soy yo, yo quiero ser responsable y leer filosofía, es el monstruo. Aunque yo nunca le digo que no cuando me dice: “…mmm, tenemos un bote de dulce de leche  en la nevera…¿Y si hacemos un bizcocho en lugar de la declaración de la renta?”,

Mi chico ha aprendido a quererme con monstruo y todo, siempre que se respete su estatus de catador oficial.

Así vivimos los tres.

Y me encanta.

¡Muchas gracias por estar aquí (y por leer hasta aquí, que ya tiene mérito)!

Gracias. Feliz día y besitos inmensos.

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